José Martí, a pesar de ser un poeta cabal, en sus cartas no suele tener ese lirismo personal que tienen las cartas de los poetas, además aún cuando también resulta ser un cabal revolucionario, tampoco portan sus cartas ese carácter excluyente; sino que escribe siempre desde todo el hombre y a él se dirige. Su acento es a la vez el de un maestro, el de un amante, el de un padre y el de un hijo. Su estilo conviene a lo que llamó Gabriela Mistral “Lo trascendente familiar”. Esos dos matices, el íntimo y el familiar, que lo caracterizan hacen de la palabra de Martí una concentración de singular riqueza. Pues cualesquiera que sea su propósito inmediato apunta a uno más lejano y decisivo; ir regando, como él decía, almas. Es una especie de misión que no cesa.
Leer su obra debe constituir tarea de primer orden para nuestros jóvenes, en lo particular sus cartas se encuentran plagadas de enseñanzas y orientaciones hacia la formación de hombres y mujeres de bien. El conocimiento de éstas; aunque es trasmitido, constituye una especie de descubrimiento personal. A Martí se le descubre, es más que un aprendizaje, un enamoramiento de dos tensiones contradictorias, raramente coincidente en el mismo hombre. La energía de hierro y la dulzura angélica, la capacidad de acción y el don poético. Estos dones realmente excepcionales no constituyen su más radical originalidad, si no en ser entre tantos esbozos de hombres o tanto genio individual, una criatura natural entera, un hombre “de verdad y sencillez”.
La originalidad radical de Martí hay que buscarla además en su contenido ético, en el corpus de valores y creencias que fundamentan tanto su producción intelectual como su actividad pública, así como su profundo conocimiento del ser humano y amor por sus familiares y amigos.
Por ejemplo en las cartas de José Martí a María Mantilla aparece Continuar leyendo

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