
El homenaje a las madres tiene su origen bien remontado en la historia. Desde la antigua Grecia, donde se le rendían honores a Rea, la madre de los dioses Zeus, Poseidón y Hades hasta 1914, cuando el presidente Woodrow Wilson declaró el Día de la Madre como el segundo domingo de mayo en Estados Unidos. Luego, dicha festividad fue encontrando eco en otros países que lo adoptaron hasta tenerse la celebración conocida en la actualidad.
Llegue, con esta entrada, una felicitación a todas las madres, no solo aquellas que han llevado a sus hijos en su interior, sino también a aquellas, que sin haberlos podido gestar, los han colmado de amor y cuidados para formar personas de bien.
No existe un ser humano en el mundo capaz de mayor desprendimiento que una madre. Tan plena de amor para dar y aparentemente desprovista de carencias personales siempre y cuando sus hijos la necesiten. Puede transformarse en amiga, cómplice, juez, hasta instructora de arte, para enseñar a cantar y bailar a su prole.
En la casa, tiene mil manos para hacer las labores y además poder disponer del tiempo necesario para revisar las tareas escolares de los hijos. ¡Magia, pura Magia!
Tiene, además, siempre su hombro listo para las primeras lágrimas de amor o problemas y los consejos siempre en los labios. Sin dejar de mencionar los desvelos cuando salen a pasear y demoran en regresar.
Hasta en detectives se convierten averiguando dónde fue, con quién salió, qué hace, quiénes son sus amistades, de qué familia proceden, etcétera; y todo esto con la mayor discreción posible.
Luego se repite todo el proceso con los nietos, pero para las madres por segunda vez (la abuelas), los temores son mayores, la experiencia las convierte en cómplices totales de los nietos. El papel de juez, que en algún momento jugó con sus hijos, queda relegado, para dedicarse a querer y jugar con los nuevos retoños.
Como colofón, les dejo la definición de Hijo dada por José Saramago (Premio nobel de literatura)
“Hijo es un ser que Dios nos prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y, de nosotros, aprender a tener coraje. Si, ¡Eso es! Ser madre o padre es el mayor acto de coraje que alguien pueda tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo a perder algo tan amado. ¿Perder? ¿Cómo? ¿No es nuestro? Fue apenas un préstamo ya que son nuestros sólo mientras no pueden valerse por sí mismos, luego le pertenecen a la vida, al destino y a sus propias familias.”

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