Domingo González es un finquero de renombre. Era un niño cuando decidió acompañar a su abuelo en las labores agrícolas, y si le preguntan dirá que es campesino de nacimiento y por herencia de la sangre y el sudor, “porque pa’ sembrar uno deja parte de la vida en el campo”.
Pero con 42 años, Domingo parece tener menos edad, y eso que no descansa. Justo en el instante de nuestra visita estaba atareado con la rotura de la turbina. Siempre llega a las seis de la mañana, con el cantío del gallo como quien dice, y se retira entrada la noche. Todo el día se la pasa de aquí para allá, velando cada detalle.
A las tres hectáreas heredadas de su abuelo, sumó 13 otorgadas en usufructo, lo que representa una caballería. En ellas la mirada se pierde y se hacen innesarias las palabras, porque desde cualquier punto de la posesión se constata el verdor de los sembrados.
Cuando Domingo habla, se descubre en él al fruticultor y un poco también al artista. Porque atender una finca de frutales es algo así como un arte antiguo y exquisito. No es cosa de sembrar y ya, y después regar, como pensarán algunos.
Como un orfebre el campesino debe ser minucioso y preciso, moldear la planta, podarla una y otra vez, y como la naturaleza es sabia, agradecerá tanto cuidado con nuevos frutos.
Parte esencial de este tipo de cultivo recae en la poda, que se realiza al culminar cada cosecha. Sin decirlo, quizás por modestia, Domingo es un experto en dichos menestreres. Toma la rama y cada cinco pares de hojas, retira la yema. Transcurridos varios días, crecerá una nueva atestada de guayabas.
Para que se tenga una idea de la productividad de una finca de frutales, siempre que se trabaja con seriedad y conocimiento, solo en una hectárea habitan mil 200 planta de guayaba, intercalado con 400 de mango, una técnica conocida como policultivo, y que permite optimizar terreno y recursos. Hasta los camellones son aprovechados con melón y maíz. Por lo cual, en un año solo esa área producirá casi 500 quintales.
EL RETOÑO
Domingo es un hombre satisfecho y realizado, no solo por los volúmenes productivos, si no porque su propio retoño, Yuniel González, decidió acompañarle en los avatares de la finca. Reconoce que no hay nadie de más confianza que un hijo.
Y para Yuniel no hubo oferta mejor, porque se siente orgulloso de lo que ha creado su padre, quiere formar parte de tal empeño, y apoyarlo en todo.
A un campesino el día a día le roba bastante tiempo, y no siempre deja espacio para imaginarse el futuro, o rememorar el pasado. Hoy, ahora, son las concepciones de tiempo que signan su vida.
Pero al lanzar una mirada en retrospectiva este campesinoo siente que el sacrificio valió la pena. Nada se compara con llegar al hogar después de una larga jornada, y compartir con su familia, y entre sus pasatiempos preferidos prefiere los programas deportivos.
Eso sí, disfruta mucho el ciclo productivo de las plantas, “es un proceso que toma días, meses, pero no te das cuenta del tiempo, disfrutas cada momento: la siembra de la postura, cuando va creciendo, las flores, los frutos, la recolección, nada iguala en belleza a una planta cargada de frutos”.
Aunque es joven, ya este guajiro jagüenyense se estrenó como abuelo. Quién sabe si al pasar el tiempo, le relate a su nieto historias de un pasado, como aquel de antaño cuando arribaban a nuestras costas embarcaciones en busca de frutas. Al menos el abuelo podrá narrar cómo contribuyó de alguna manera a rescatar el dulzor de una Isla, más allá de la caña.
Tomado de: http://arnaldobal.wordpress.com/


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